Cuando los hijos se acercan a la adolescencia, algunos padres asumen que será algo normal en sus vidas, ya que son conscientes que se trata de un periodo natural en su desarrollo y que el paso del tiempo los llevará automáticamente a la edad adulta; otros por su parte, se alistan para la “tercera guerra mundial” y con cierto recelo consideran de antemano que será un periodo difícil en sus vidas, porque dan por sentado que tiempos de rebeldía vendrán según nos lo advierte la Escritura (Prov. 22:15), tal como ocurre tristemente en la sociedad actual. Ahora bien, cualquiera sea la actitud que asumamos, hay que reconocer que la adolescencia de nuestros hijos pondrá una prueba de fuego a nuestra paternidad y por eso debemos prepararnos para que no nos tome desprevenidos.

Como un padre que aún está atravesando y disfrutando esta etapa, les invito a reflexionar sobre algunos aspectos que podemos poner en práctica para interactuar mejor con nuestros adolescentes:

1. Admita que usted no es mejor que ellos

Si somos sinceros delante del Señor, seguramente recordaremos que en nuestra juventud no nos caracterizábamos por ser los mejores hijos, los mejores estudiantes o los mejores creyentes, pues de seguro traeremos a nuestra memoria alguno que otro episodio, o alguna pilatuna que nos haría sonrojar; y qué decir de nuestro deseo de independencia con el que tratábamos de poner a raya a nuestros pacientes padres, reclamándoles el por qué se metían a nuestro cuarto, si es que teníamos uno propio. En pocas palabras, si asumimos una posición ventajosa delante de ellos haciéndolos ver como una versión desmejorada de nosotros, estaríamos siendo injustos.

Aunque Filipenses 2:3-4 nos recuerda que estimemos a los demás como superiores, no mirando cada quien por lo suyo, sino también por lo de los otros, en ocasiones olvidamos que este llamado que nos hace la Escritura incluye también a nuestros hijos, y por eso nos vemos tentados a exigir de ellos un estándar piadoso que ninguno de nosotros es ni será capaz de cumplir a cabalidad, pues siendo realistas algunos ni siquiera lo intentamos. Si admitimos esta realidad, es el primer paso para que los veamos como Dios los ve, es decir como necesitados de Cristo, igual que nosotros (Efesios 2:13).

2. Intente comprender su mundo

La adolescencia no solo viene acompañada de desarrollo hormonal, cambios físicos en sus cuerpos y desagradables granos en su rostro; también es un periodo donde nuestros hijos experimentan toda clase de temores e incertidumbre por lo que será el futuro; también vergüenza por los cambios que está sufriendo; y algunos están deprimidos por no ser aceptados por su círculo de amigos, o viven cabizbajos cuando se burlan de sus defectos. Como si fuera poco, pueden sentir una falta de identidad o cometer errores en su deseo de lucir como adultos durante esta transición de niños a jóvenes. Todo esto debe alentarnos a ponernos en sus zapatos, es decir, cumpliendo la ley de Cristo y ayudarlos a sobrellevar sus pesadas cargas (Gálatas 6:2). En otras palabras, necesitamos tener empatía para no sumar nuestra intolerancia a sus frustraciones; y tratar de entender sus vidas que, aunque sencillas son vistas como un mundo convulsionado y requieren nuestro apoyo y comprensión. En este sentido, no podemos declararles la guerra cada vez que observemos un reproche, más bien intentemos escudriñar primero lo que está pasando en su corazón con la ayuda del Espíritu de Dios, para descifrar las áreas que requieren de nuestra afirmación.

3. Sea sensible a su necesidad de sabiduría

A pesar de que, en algunos momentos, note que su hijo o su hija adolescente luzca como una persona independiente porque no le pide ayuda y parece sortear con lujo de detalles cada situación; en realidad su vida está afanosamente necesitada de su dirección y sabiduría. Esto quiere decir, que como padres deben tener la misma actitud que Salomón, quien insistía a su hijo para que lo escuchara (Proverbios 1:8). Aun así, es posible que, en esta búsqueda por comunicación, al principio no reciba toda la atención; sin embargo, ellos estarán escuchando si usted realmente muestra un interés genuino en sus vidas.En esta labor no intente formalizar todo el tiempo cada enseñanza como si estuviera siempre en un aula de clase, más bien, pida la ayuda de Dios para que cada situación cotidiana sea dirigida al temor de Dios (Deuteronomio 6:6-9), de esta manera es posible que aún los momentos de entretenimiento se conviertan en una oportunidad para darle un consejo, por ejemplo al ver una película puede recordarle un principio bíblico, poner en evidencia la maldad de este mundo, o simplemente llegar a una conclusión piadosa.

4. Trátelos con respeto

Desde que el médico o la enfermera lo pusieron en sus manos a una pequeña criatura indefensa y hambrienta, Dios le dio la responsabilidad y el privilegio de elegir la marca de sus pañales, la ropa que usaba, la comida que más se ajustara a los valores nutricionales, y hasta la manera en que debían amarrarse los zapatos; es más, ante cualquier asomo de rebeldía durante su niñez, no dudó en disciplinarlos cumpliendo así el mandato bíblico y doloroso de la vara. No obstante, a medida que crecen, es factible que olvide que no puede continuar dirigiendo meticulosamente su vida, porque el crecimiento natural dado por Dios tiene que seguir su curso, sin que nada ni nadie pueda detenerlo (1 Corintios 13:11). Evite, por tanto, criticar el estilo de su ropa, la forma en que se expresa acerca de sus amigos, sus opiniones acerca de cualquier cosa (aunque parezcan sin sentido) y en general, no trate de imponer sus propios gustos tratando de hacer una réplica 2.0 de usted, porque terminará provocándolos a ira (Efesios 6:4). Esto no quiere decir que no debe oponerse a las conductas abiertamente pecaminosas, pero de todos modos no olvide que debe dirigirse a ellos con respeto si es que busca realmente un cambio de actitud (Gálatas 6:1). Finalmente, si se trata simplemente de aspectos propios de su personalidad, permítales ser ellos mismos para que de esta forma no sean una nueva versión suya, sino adolescentes que crezcan a la estatura y la medida de Cristo, que siempre será muchísimo mejor (Efesios 4:13).

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