“Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.” – Gálatas 1:6-9

En las últimas décadas el cristianismo ha tenido un impacto exhorbitante en la ciudad de Bogotá (y en general en América Latina). Miles de personas se han adherido a tal punto que es común encontrar iglesias cristianas en cada sector de la ciudad. Aunque no todas las iglesias cristianas son iguales, la gran mayoría ha hecho uso de una enseñanza y un mensaje impactante para esta generación que se he denominado “El Evangelio de la Prosperidad”. Con el mensaje de la prosperidad, la sanidad y el bienestar, el cristianismo ha llamado la atención de muchas personas que están dispuestas a invertir grandes cantidades de dinero con el anhelo de recibir su donación multiplicada.

“El evangelio de la prosperidad” es un mensaje que se centra principalmente en la abundancia económica y en el bienestar físico. Este mensaje enseña que todos los que son hijos de Dios y tienen fe, deberían vivir sin ningún tipo de preocupación financiera porque son hijos del Rey del universo y por lo tanto su vida debería ser la de príncipes en esta tierra. De esta forma convencen a las personas para que donen grandes cantidades de dinero esperando que Dios devuelva cantidades aún mayores, ya que Su voluntad es que Sus hijos sean ricos.

El enfoque del evangelio de la prosperidad no es solamente el área financiera, el bienestar físico es otra parte fundamental en este mensaje. Esta enseñanza propone la enfermedad como una maldición de Satanás, algo que solo sucede a aquellos que no tienen fe real. De manera que el que es un verdadero hijo de Dios, con una fe sólida, no debería enfermarse, la sanidad es una muestra de fe. Basados sobre esos principios los predicadores de prosperidad llevan a cabo grandes eventos de sanación, en los que aseguran que ellos tienen el poder para sanar a las personas de formas milagrosas cuando ellos quieran, por supuesto a cambio de una buena donación.

Efectos del evangelio de la prosperidad

Esta enseñanza ha producido impactantes efectos en nuestra sociedad. Un efecto evidente es el desprecio de una gran población hacia el cristianismo. Muchas personas pueden relatar historias de cómo predicadores de este tipo han robado a sus familiares o amigos, o incluso a ellos mismos, convenciéndolos de donar su casa, su carro o grandes sumas de dinero, sin recibir nada a cambio. Otro efecto se ha generado dentro del mismo pueblo cristiano.

Puesto que esta enseñanza tiene impacto sobre aquellos que no conocen realmente la Biblia, el pueblo cristiano se ha convertido en una comunidad ignorante, sin una mente crítica ante las enseñanzas de sus “pastores”, completamente contraria a la mentalidad cristiana de los primeros siglos. Normalmente, una persona que cree en esta enseñanza no tiene fundamentos bíblicos para explicarla, su conocimiento de la Biblia es realmente limitado, descontextualizado y completamente dogmático, basado únicamente en lo que le dicen en la iglesia.

El pueblo cristiano se ha convertido en una comunidad ignorante, sin una mente crítica ante las enseñanzas de sus “pastores”, completamente contraria a la mentalidad cristiana de los primeros siglos.

Esto sucede precisamente porque los predicadores del “evangelio” de la prosperidad se han encargado de hacer pensar a la gente que ellos tienen autoridad divina y no pueden ser desafiados en sus enseñanzas, de manera que nadie se atreve a cuestionar a un “ungido de Dios”. Por el contrario, la Escritura se nos manda a “examinar [las profecías] y retener solo lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5:20-21), o se elogia a los creyentes que verificaban con la Biblia lo que los apóstoles enseñaban (Hechos 17:11). El evangelio no es sinónimo de una fe ignorante, pero para creer en un evangelio falso se necesita ignorar el verdadero.

¿Cuál es el problema?

El grave problema de todo esto es que el evangelio de la prosperidad distorsiona el verdadero evangelio trayendo así condenación tanto para el que lo predica como para el que lo cree. El apóstol Pablo en Gálatas 1 es muy claro y contundente ante la gravedad de distorsionar el evangelio. En Gálatas 1:6-9 podemos ver varias observaciones sobre esta realidad.

Gálatas 1:6-7: No hay varios evangelios diferentes, hay un solo evangelio que es el evangelio de Jesucristo – “Jesucristo se dio a Sí mismo por nuestros pecados para librarnos de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre” (v.4) – Así que en el versículo 7 Pablo afirma: “en realidad no hay otro evangelio, solo que algunos quieren pervertir el evangelio de Cristo.”
Gálatas 1:6-7: En el momento en el que alguien agrega o quita algo al evangelio, deja de ser el evangelio, deja de ser buenas noticias. Cambiar el evangelio es invalidar el evangelio.
Gálatas 1:6: El versículo 6 es muy claro acerca de esto. “Me maravillo de que tan pronto hayan abandonado al que los llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente”. El que sigue un evangelio diferente le da la espalda a Dios y a la gracia de Cristo.
Gálatas 1:8-9: La autoridad del evangelio no recae sobre predicadores, no recae sobre “unción” o rangos y títulos. El evangelio es su propia autoridad. Lo que determina que es verdadero y falso es el mismo evangelio. Así así fuera un ángel el que predicara, si no es el evangelio de Jesucristo, es falso.
Gálatas 1:8-9: Finalmente Pablo es reiterativo y enfático: “Si alguno anuncia un evangelio contrario al que recibieron (al evangelio de Cristo) sea anatema (maldito)”. Predicar otro evangelio no es cualquier cosa, es motivo de maldición eterna y condenación. Esa es la gravedad de predicar un evangelio diferente.

El verdadero evangelio

Las buenas noticias de Jesucristo no se enfocan en cosas físicas, sino espirituales. El apóstol Pablo define el evangelio en 1 Corintios 15:3-4 como “que Cristo (el Mesías) murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”. El evangelio es la noticia de que a través de Jesucristo tenemos el perdón de nuestros pecados, para que podamos disfrutar de Dios para siempre.

El apóstol Pedro lo definió así: “Porque también Cristo (el Mesías) murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…” (1 Pedro 3:18).

Jesucristo no murió para que tengamos dinero, casas, o carros. Jesucristo murió para liberarnos de todo nuestro pecado y así poder ir a Dios, poder disfrutar del Ser que da vida y da valor a todas las cosas.

Porque ¿de qué sirve tener mucho dinero y perder nuestra alma? ¿De qué sirve tener salud física si vivimos sin esperanza y sin Dios en el mundo? La buena noticia es que siendo aún pecadores podemos disfrutar de una relación real con Dios por toda la eternidad a través de Jesucristo. Dios es la necesidad más grande que tenemos, no el dinero ni la salud física. El evangelio verdadero es algo mucho más glorioso que el evangelio de la prosperidad.

Lamentablemente, muchos son los que están siguiendo esa idea falsa y abominable de buenas noticias, amando más las dádivas que al Dador que es maravillosamente deseable, infinitamente más fascinante que todo el oro del mundo. Enseñando así a las personas a ser completamente diferentes a Jesucristo, quien “no vino para ser servido sino para servir y para dar Su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45), y quien “no tenía dónde recostar Su cabeza” (Lucas 9:58). Por supuesto, no significa que tener dinero sea malo en sí mismo, pero definitivamente tener dinero no es el propósito del evangelio, ni del cristianismo.

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3 comentarios

  1. Excelentes enseñanzas de la palabra de Dios.
    Muy acertada cada enseñanza, Dios les continúe bendiciendo grandemente y adelante sin desmayar. 1corintios 15: 58

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