Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense!
Filipenses 4:4

C.S. Lewis, el famoso escritor de los libros de Narnia, escribió lo siguiente en un compendio de sermones llamado “El Peso de la Gloria”: “Si consideramos la naturaleza de las promesas de los evangelios… parece ser que nuestro Señor [Jesucristo] encuentra nuestros deseos, no como deseos demasiado fuertes, sino demasiado débiles. Somos criaturas de corazón dividido, nos entusiasmamos con cosas como licor, sexo y dinero cuando un gozo [felicidad] infinito nos es ofrecido, como un niño ignorante que quiere ir a hacer pasteles de barro porque no puede imaginar lo que significa tener un banquete de cena navideña en su casa. Somos demasiado fáciles de complacer.”

Antes de hablar de la relación entre evangelio y la felicidad necesitamos ir a los términos y pensar qué es felicidad. Si pensamos en felicidad como tener todo lo que queramos y ser lo que queramos, entonces es cuando C.S. Lewis dice: “somos demasiado mediocres”. La felicidad verdadera no se traduce en términos materiales que se acaban fácilmente, no se traduce en logros o en sueños cumplidos completamente superficiales y vanos. La felicidad verdadera implica la realización de todo nuestro ser. La felicidad implica satisfacción, pero una satisfacción permanente que persevere, no que se acabe fácilmente. Si alguien busca felicidad, no está buscando una experiencia de treinta segundos, está buscando un estado permanente de felicidad. ¿Dónde conseguir algo así?

La necesidad del evangelio

Es aquí donde el evangelio aparece. El ser humano ha sido creado para Dios, Dios es la razón y el propósito de nuestra existencia (Colosenses 1:16-17; Romanos 11:36). Sin Dios estamos incompletos, en Él somos, en Él existimos, en Él nos movemos (Hechos 17:28), y por lo tanto no hay felicidad para el ser humano si no es en Dios, no podemos vivir una vida plena sin Él. Es como un pez y el agua. El pez ha sido creado para el agua, el agua es su hábitat, es su vida; no hay vida para un pez si no es en el agua, sencillamente no fue hecho para vivir fuera del agua. De igual forma no hay vida para un ser humano lejos de Dios. Hemos sido diseñados para anhelar mucho más que este mundo, hemos sido diseñados para ser felices en cosas mucho más grandiosas que cualquier cosa que se pueda encontrar en este mundo. Hemos sido diseñados para ser felices en Dios.

Por eso el rey David dice:

“En tu presencia hay plenitud de gozo, deleites a tu diestra para siempre.” – Salmo 16:11

En la presencia de Dios hay plenitud de gozo, no un gozo parcial como el gozo que puede dar un trabajo o salud. En la presencia de Dios hay deleites para siempre, no deleites efímeros que un día parecen satisfacer y al otro día pierden su encanto. La felicidad que hay en la presencia de Dios es eterna, es permanente y creciente, es perfecta.

Pero el pecado nos aparta de Dios, el pecado nos aparta de nuestra felicidad máxima. El pecado no es placentero, aún cuando se nos presente como tal. El gran engaño del pecado es hacernos pensar que a través de él encontraremos placer y felicidad cuando en realidad es todo lo contrario. El pecado no puede ser felicidad para el hombre porque el pecado es lo contrario a Dios, y la satisfacción plena del ser humano es Dios. Siempre que el hombre peca está yendo directamente en contra de su gozo eterno.

Es ahí cuando el Ser que lo llena todo en todo toma forma de hombre (Efesios 1:23), el Ser en el que habita la vida y da luz a los hombres (Juan 1:1-3), ese Ser es el Hijo de Dios, y al tomar forma humana se llama Jesucristo. Jesucristo es el único ser humano en la historia del mundo que ha dicho algo como esto: En Juan 6:35 Jesús dijo: “YO SOY el pan de vida, el que a mí viene nunca tendrá hambre; el que en mí cree no tendrá sed jamás.” O en Juan 7:37-38 Jesús dice: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba. El que cree en mí, como ha dicho la Escritura: ‘De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva.”

Ningún otro hombre en la historia ha hablado así. Jesucristo asegura ser la satisfacción plena de nuestro ser, y la razón de ello es que Jesucristo es Dios, por eso con toda seguridad y autoridad puede decir: “El que cree en mí no tendrá sed jamás”, porque Dios mismo dijo: “Todos los sedientos, vengan a las aguas;  y los que no tengan dinero, vengan, compren y coman. Vengan, compren vino y leche sin dinero y sin costo alguno. ¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no sacia? Escúchenme atentamente, y coman lo que es bueno, y se deleitará su alma en la abundancia.” – Isaías 55:1-2. Todo el deleite, la felicidad, el placer y el gozo que podemos desear está en Cristo, Él es la satisfacción de toda la plenitud de nuestro ser.

Implicaciones prácticas

Si esto es así, entonces nuestra vida debería estar enfocada en la búsqueda de más y más satisfacción en Cristo. Entre más participemos y disfrutemos de Jesucristo mayor gozo, alegría y felicidad experimentaremos, por eso es que el apóstol Pablo no lo deja como una opción sino que da un mandato a los hijos de Dios: “Regocíjense en el Señor siempre, y otra vez digo, regocíjense”. La búsqueda diaria del creyente debería ser crecer más y más en comunión y conocimiento de Cristo, para llegar a la plenitud, de hecho esa es la oración del apóstol en Efesios 3:18-19.

Esa es la razón por la que necesitamos la Escritura día a día, porque el salmista dice:

“Envía tu luz y tu verdad; que ellas me guíen, que me lleven a tu santo monte, y a tus moradas. Entonces llegaré al altar de Dios, a Dios, mi supremo gozo; y al son de la lira te alabaré, oh Dios, Dios mío.” – Salmo 43:3-4

Es a través de la verdad de Dios que el creyente es conducido a la morada de Dios, para ver Su gloria y experimentar supremo gozo.

Además, esa es la razón por la que necesitamos orar todos los días, y entre más fervientes y constantes sean nuestras oraciones, más gozo tendremos, porque el Señor dijo: “Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo.” – Juan 16:24. Solo a través de una comunión constante con Cristo tendremos una vida satisfactoria y feliz.

El cristianismo es la única forma de encontrar una felicidad real y duradera en el único Ser que verdaderamente puede saciar el alma del ser humano, Jesucristo.

Finalmente, esta es la razón por la que el creyente necesita tener comunión con los santos, con los creyentes, con la iglesia. Es en la comunión con los santos que el creyente encontrará con mayor facilidad comunión directa con su Señor: “Lo que hemos visto y oído, os proclamamos también a vosotros, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y en verdad nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos estas cosas para que vuestro gozo sea completo.” – 1 Juan 1:3-4

Por eso para C.S. Lewis, la idea de placer o felicidad para el hombre es completamente mediocre, ¿cómo puede ser que el hombre se contente con cosas tan vanas y mediocres como sexo, dinero y licor cuando Dios ofrece un placer eterno y pleno? El cristianismo no es un obstáculo para la satisfacción y la felicidad como muchas personas lo piensan. Al contrario, el cristianismo es la única forma de encontrar una felicidad real y duradera en el único Ser que verdaderamente puede saciar el alma del ser humano, Jesucristo.

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