La enfermedad es una de las razones más comunes de sufrimiento en el ser humano. Es doloroso recibir la noticia de que un familiar tiene cáncer, o que un niño de 3 años tiene un problema en el corazón que lo puede matar en cualquier momento, o que una jovencita de 15 años tiene una enfermedad en la sangre que no le va a permitir tener un desarrollo normal en su juventud. Esa clase de noticias genera dolor, tristeza y amargura; y una gran parte de nuestra sociedad está claramente afectada por esa clase de sufrimiento.

La enfermedad no respeta edad, estrato o nivel educativo, todos somos propensos a ella. ¿Cómo deberíamos entonces verla? Algunos la ven con temor, entonces buscan todos los medios para evitarla. Otros la ven con misticismo y piensan que la enfermedad está relacionada con fuerzas sobrenaturales y espirituales que debemos combatir. Otros tratan de ser indiferentes a ella, tal vez porque no han tenido una mala experiencia al respecto. Pero la pregunta más importante es ¿Cómo quiere Dios que entendamos la enfermedad? ¿Es la enfermedad consecuencia directa del pecado?

La enfermedad es el resultado del pecado original en el hombre. Desde que entró el pecado en el mundo, el hombre quedó en una posición de vulnerabilidad en la que puede ser afectado por el sufrimiento, el dolor, la enfermedad y finalmente la muerte (Romanos 1:27). Además, hay una gran variedad de prácticas que son contrarias a la voluntad de Dios y que pueden poner en riesgo nuestra integridad física, como el libertinaje sexual o el consumo de sustancias psicoactivas.

Sin embargo, eso no significa que toda enfermedad es un castigo por un pecado o por falta de fe, la Biblia no da lugar a una conclusión tan generalizada. Por ejemplo, en Juan 11 es evidente que la enfermedad de Lázaro es para la gloria de Dios (Juan 11:4) y en Juan 9 los apóstoles le preguntan a Jesús acerca de un hombre ciego: “¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?”, ante esa pregunta la respuesta de Jesús es: “Ni este pecó, ni sus padres; sino que está ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él.” (Juan 9:2-3). Cuando una enfermedad o una discapacidad no es evidentemente consecuencia directa de un pecado no debemos pensar que hay pecados en nuestra vida que nos están produciendo esa enfermedad, o que tenemos un espíritu demoniaco que nos está haciendo enfermar. Más bien, deberíamos reflexionar sobre el propósito que tiene Dios al permitir esa enfermedad en nuestra vida. En este asunto de las enfermedades o las discapacidades, la razón no es tan importante como el propósito.

¿Cuál es el propósito de Dios con mi enfermedad?

En ambos textos bíblicos mencionados anteriormente se puede comprobar que la enfermedad tiene un propósito en nuestra vida, que Dios sea glorificado en nosotros; la forma en que lo hacemos es cuando Él es suficiente, Su gracia es suficiente, y a pesar de la enfermedad tenemos paz y satisfacción en Él.

La satisfacción del ser humano no es tener salud, la satisfacción del ser humano es Dios. Porque ¿de qué le sirve al hombre tener salud física si su alma está lejos del Señor que da gozo y paz eterna? Por eso, cuando el apóstol Pablo estaba en medio de un sufrimiento, tal vez una enfermedad, dice: “Acerca de esto, tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí. Y Él me ha dicho: ‘Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad’. Por tanto, con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí” (2 Corintios 12:8-9).

La enfermedad es el momento perfecto para experimentar la suficiencia del Dios vivo y verdadero, existe para que Dios sea exaltado en nuestra vida como todo lo que verdaderamente necesitamos y es suficiente para nosotros, y esto es real a causa del evangelio. Jesucristo murió y resucitó, no para que dejáramos de enfermarnos, sino para que a pesar de la enfermedad podamos estar satisfechos y ser felices en Él. El evangelio no dice que nunca nos vamos a enfermar, sino que Jesucristo pagó por nosotros y esa obra poderosa hace que aún la enfermedad esté a favor de todos los que creen en Él como su Dios, su Tesoro y la satisfacción de sus vidas.

La enfermedad es el momento perfecto para experimentar la suficiencia del Dios vivo y verdadero

No desperdicies tu enfermedad. Si en medio de ella solo buscas la sanidad de tu cuerpo como si fuera el fin último y propósito de todo, entonces has desperdiciado tu enfermedad. Aprovecha la debilidad de tu cuerpo para recordar que necesitas un Salvador, un Dios que dé sentido a tu vida. Usa tu enfermedad para reconocer que Jesucristo es todo lo que necesitas. Tu enfermedad puede llegar a ser una gran bendición de Dios para ti a través del evangelio.

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