C.S. Lewis, el famoso escritor de los libros de Narnia, escribió lo siguiente en un compendio de sermones llamado “El peso de la gloria”:

Si consideramos la naturaleza de las promesas de los evangelios… parece ser que nuestro Señor [Jesucristo] encuentra nuestros deseos, no como deseos demasiado fuertes, sino demasiado débiles. Somos criaturas de corazón dividido, nos entusiasmamos con cosas como licor, sexo y dinero cuando un gozo [felicidad] infinito nos es ofrecido, como un niño ignorante que quiere ir a hacer pasteles de barro porque no puede imaginar lo que significa tener un banquete de cena navideña en su casa. Somos demasiado fáciles de complacer
(Lewis, 2001, pág. 26)

Antes de hablar de la relación del evangelio y la felicidad necesitamos ir a los términos y pensar qué es felicidad. Si pensamos en felicidad como tener todo lo que queramos y ser lo que queramos, entonces es cuando C.S. Lewis dice: “somos demasiado mediocres”. La felicidad verdadera no se traduce en términos materiales ni en logros o en sueños cumplidos. La felicidad verdadera implica la realización de todo lo que somos como seres humanos, y el único lugar en donde se encuentra tal satisfacción es en Jesucristo.

El ser humano ha sido creado para Dios, Él es la razón y el propósito de nuestra existencia. Sin Dios estamos incompletos, no podemos vivir una vida plena sin Él. La felicidad del hombre no es tener dinero, salud, gozar de una familia o tener trabajo… ni siquiera es disfrutar de los pequeños detalles de la vida (como muchos quieren hacer pensar), porque aún en todas esas circunstancias, el hombre es infeliz y está lleno de amargura. La felicidad del hombre está en el único ser que puede satisfacer el alma de tal forma que nunca más vuelva a tener sed ni hambre, y solo hay una persona en el mundo que ha hecho una declaración tan radical: Jesucristo.

En Juan 6:35 Jesús dijo: “Yo Soy el pan de vida, el que a Mí viene nunca tendrá hambre; el que en Mí cree no tendrá sed jamás”. O en Juan 7:37-38 Jesús dice: “Si alguno tiene sed, que venga a Mí y beba. El que cree en Mí, como ha dicho la Escritura: ‘De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva’.” Ningún otro hombre en la historia ha hablado así. Jesucristo asegura ser la satisfacción plena de nuestro ser, y la razón de ello es que es Dios, por eso con toda seguridad y autoridad puede decir: “El que cree en mí no tendrá sed jamás”, porque Dios mismo dijo: “Todos los sedientos, vengan a las aguas; y los que no tengan dinero, vengan, compren y coman. Vengan, compren vino y leche sin dinero y sin costo alguno. ¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no sacia? Escúchenme atentamente, y coman lo que es bueno, y se deleitará su alma en la abundancia” (Isaías 55:1-2).

Todo el deleite, la felicidad, el placer y el gozo que podemos desear está en Dios.

Todo el deleite, la felicidad, el placer y el gozo que podemos desear está en Dios. Él es la consumación de toda la plenitud de nuestro ser. Eso significa que Jesucristo es la máxima satisfacción de nuestra vida, porque Jesucristo es Dios. Por eso para C.S. Lewis la idea de placer o felicidad para el hombre es completamente mediocre, ¿cómo puede ser que el hombre se contente con cosas tan vanas como el sexo, el dinero y el licor cuando Dios ofrece un placer eterno y pleno?

El Salmo 16:11 dice: “En Tu presencia hay plenitud de gozo; en Tu diestra hay deleites para siempre.” El cristianismo no es un obstáculo para el placer y la felicidad como muchas personas lo piensan. Al contrario, el cristianismo es la única forma de encontrar una felicidad real y duradera en el único ser que verdaderamente puede saciar el alma del ser humano, Jesucristo.

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