El 31 de Octubre de 1517 Martín Lutero publicó un documento en la puerta de la catedral de un pequeño pueblo de Alemania, llamado Wittenberg. Ese documento contenía 95 tesis que declaraban los errores y herejías en los cuales la iglesia católica estaba incurriendo. Con ese sencillo evento estalló lo que se conoce como la reforma protestante. Esa reforma tenía algunas enseñanzas fundamentales, y una de ellas era la justificación por fe. Martín Lutero escribió:

“Esta doctrina [la justificación por fe] es la cabeza, la piedra angular. Sólo ella engendra, alimenta, construye, conserva y defiende la iglesia de Dios; y sin ella, la iglesia de Dios no puede existir ni una hora.”

¿Qué es la justificación?

La palabra “justificación” es un término legal que hace referencia a la acción de declarar justa a una persona. Es una posición legal, no necesariamente una realidad práctica, sino una posición dictada por un juez. La justificación en la Biblia surge como la necesidad del ser humano ante su pecado. El apóstol Pablo en Romanos 1 expone con claridad la maldad y el pecado del hombre al cambiar la gloria de Dios por adoración a criaturas (Romanos 1:23-25). Ante esa situación Dios está airado contra el hombre, por eso el ser humano necesita justificación.

El capítulo 2 de Romanos es fundamental para entender la justificación bíblica. En este capítulo Pablo se enfoca en la tendencia natural del hombre de buscar justificación activa, es decir, justificación por sus propias obras. Ante eso el apóstol reconoce la opción de la justificación por obras si existe la perfección. “…no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los que cumplen la ley, ésos serán justificados…” (Romanos 2:13). Si alguien quiere justificarse a sí mismo ante Dios entonces tiene que cumplir la ley, tiene que ser perfecto. Sin embargo ni siquiera los primeros receptores de la ley, los judíos, la cumplían verdaderamente.

Toda esa disertación acerca de la justificación por obras concluye en el capítulo 3 cuando Pablo, contundentemente, afirma: “…ya hemos denunciado que tanto judíos como griegos están todos bajo pecado; como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios; todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.” (Romanos 3:9-11)

De esa manera la conclusión es: Nadie puede justificarse a sí mismo delante de Dios. No existe la justificación activa, no existe la justificación por obras, “…por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de El…” (Romanos 3:20).

Entonces ¿quién podrá ser justificado delante de Dios? ¿Puede el hombre salvarse? ¿Hay posibilidad de ser aceptado por Dios y escapar de Su ira?

Justificación por medio de Jesucristo solamente

Romanos 3:21-22 es uno de los textos más importantes de la Escritura, es un contraste a todo lo que se ha visto hasta ese punto en Romanos. Es la esperanza, es la oportunidad de salvación, es la buena noticia del evangelio. “Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada, atestiguada por la ley y los profetas; es decir, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen.” (Romanos 3:21-22). Ya que la justicia activa no puede existir, puesto que no hay justo ni aún uno, entonces Dios ha abierto la posibilidad de una nueva forma de justificación, una justificación pasiva, una justificación que no depende del hombre, sino que está fundamentada en Jesucristo. Una justificación no por obras sino por fe. No por la bondad del hombre (que no existe) sino por la bondad, la perfección y la justicia de un Hombre, Jesucristo.

Jesús de Nazaret ha sido el único ser humano sobre la tierra que ha cumplido la ley perfectamente. Él vino a cumplir la ley, a vivir una vida perfecta, sin pecado. A través de esa vida perfecta, y a través de Su muerte, el ser humano puede ser justificado, no por sus propios méritos, sino solo por los méritos de la perfección de Jesucristo. Él ha muerto para pagar por los pecados, de manera que en Él hay justificación para el impío. (Romanos 3:25-26). Jesucristo es el único medio por el cual una persona puede ser justificada.

Justificación por gracia solamente

Esta justificación es completamente gratuita, no depende del ser humano, no depende de obras de bondad que pueda hacer el hombre, no depende de que el hombre merezca esa justificación. Solamente depende de la bondad de Dios. Eso es gracia. Gracia es el favor de Dios dado a personas que no lo merecen. “…siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús.” (Romanos 3:24)

Si la justificación fuera por obras no podría ser por gracia, puesto que habría mérito. De manera que no hay una sola obra que el hombre tenga que hacer para ser justificado, de lo contrario no sería una justificación solamente por gracia. “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8-9)

Justificación por fe solamente

Pero ¿cómo es entonces justificado el hombre? ¿Cómo es que la justicia de Cristo afecta al hombre? La forma que Dios diseñó es a través de la fe. “…a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia, porque en su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que El sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús” (Romanos 3:25-26)

La fe es simplemente confiar. La fe es una convicción. Es la convicción de que Jesucristo es suficiente para la salvación, es la convicción de que no hay otra forma para ser justificado delante de Dios, sino solo Jesucristo, por Su muerte y Su resurrección. Al que deposita su confianza en Jesucristo para ser justificado delante de Dios, le sucede algo asombroso: La justicia de Jesucristo le es imputada a esa persona, por medio de la fe. “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).

El creyente en Jesucristo es, delante de Dios, tan justo como Jesucristo es justo; no por obras, no en la práctica, sino por posición, porque por la fe en los méritos de Jesús esa persona ha sido declarada justa delante de Dios.

Entendiendo las obras

¿En dónde quedan entonces la obras? ¿No son importantes? ¿No son necesarias? ¿Podemos vivir en pecado sin problema porque ya somos justificados? Las obras sí tienen un lugar, pero no como fundamento para la justificación sino como efecto de la justificación. “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). Solo al ser creados en Cristo Jesús (justificación) es posible hacer buenas obras.

El que ha sido renovado como una nueva criatura en Cristo tiene la capacidad y el propósito de hacer obras de justicia, en Él.

Las obras no pueden justificar a nadie, las obras no son fundamento para la justificación. Pero el que es justificado por la fe en Jesús, puede y debe hacer obras que demuestren esa justificación. Si una persona dice ser justificado, pero su conducta no demuestra un cambio de vida, una transformación en su comportamiento, entonces es difícil pensar que esa persona es realmente justificada.

La razón es sencilla: La fe que justifica es la misma fe que santifica. Si una persona ha sido justificada es porque cree en Jesucristo, es porque realmente ha reconocido su pecado, se ha arrepentido y ha sido persuadido por el Espíritu Santo para depositar toda su confianza en Jesucristo. Si eso es verdad, entonces esa persona ha experimentado un cambio en su mente y en su corazón. Ese cambio ha de manifestarse en su conducta. Así que una persona justificada es una persona que ahora desea hacer obras de justicia, sobre la base de la justicia de Cristo, no de su propia justicia (que no existe). Por medio de Jesucristo, por medio de la fe en Él, es la única forma de hacer obras que verdaderamente agradan a Dios.

El más precioso regalo que existe


El evangelio es buenas noticias. Y la razón por la que es buenas noticias es precisamente porque la justificación delante de Dios no depende de nosotros. No es el hombre el que tienen que esforzarse para ganar justificación y aceptación delante de Dios. Jesucristo ya lo hizo, Él ya fue justo por nosotros, Él ya murió nuestra muerte y resucitó para asegurar nuestra vida, todo eso solo por la fe en Él.

La justificación por fe es el más precioso regalo que existe para la humanidad, y es nuestro gratuitamente, por gracia, por la fe en Jesucristo. El que anhela paz con Dios solo necesita creer en Jesucristo, depositar su confianza en Él, en que Él es suficiente para otorgar esa paz y esa buena relación con Dios. “Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).

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