Algunos “reformados” han aparecido en la historia de nuestra iglesia en Colombia. Lo que ellos afirman es que NO es posible para el creyente tener comunión con otros que difieran en alguna doctrina bíblica, porque en la Biblia no hay doctrinas sin importancia, todas son fundamentales. Por tanto, abrogan para que todo cristiano que asista a una iglesia debe creer lo que esa congregación, pero si difiere, debe salir de allí. El resultado final, iglesias reformadas resquebrajadas, divididas y debilitadas.

El marco de referencia bíblico sobre este tema se puede trazar entre dos límites: separación del mundo y, unión con los que son de Cristo.

El creyente debe separarse del mundo, debido a que él es de Cristo y aquel que es del mundo es esclavo de satanás, ¿qué comunión puede tener el cuerpo de Cristo con el diablo?

2 Corintios 6:14-16 dice:

“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente.

No que el creyente no pueda estar donde hay un incrédulo, porque eso implicaría salir del mundo o iniciar un nuevo movimiento ermitaño. Jesús mismo dijo en Juan 17 que no pide al Padre que los saque del mundo, sino que los guarde del mal.

El creyente no debe entrar en comunión con el incrédulo. En los negocios, por ejemplo, o en el hogar, el incrédulo vive para sí mismo, el creyente para Dios. NOTEN POR FAVOR, cuando me separo, me separo del INCRÉDULO. Al separarme, estoy diciendo que ES INCRÉDULO. De hecho, la disciplina eclesiástica se llama excomunión, es decir, dejar de entrar en comunión porque se considera al acusado como ya un no creyente.

El otro límite es el de la unidad. Jesucristo implora al Padre por la unidad del creyente. Simboliza la unidad misma de las personas de la Trinidad. La división es abominación entre los creyentes. Aquel que de alguna manera, sea intencionalmente o aún por descuido destruye la unidad, debe ser visto como incrédulo. Eso reprocha Pablo en 1 Corintios 11 a quienes comían solos, sin compartir a los pobres la Mesa del Señor.

Judas 1:18-21 nos dice:

“Ellos les decían: «En los últimos tiempos habrá burladores que vivirán según sus propias pasiones impías.» Éstos son los que causan divisiones y se dejan llevar por sus propios instintos, pues no tienen el Espíritu. Ustedes, en cambio, queridos hermanos, manténganse en el amor de Dios, edificándose sobre la base de su santísima fe y orando en el Espíritu Santo, mientras esperan que nuestro Señor Jesucristo, en su misericordia, les conceda vida eterna.”

Los que causan divisiones en el verdadero cuerpo de Cristo se están dejando llevar por pasiones impías. ¿Cuáles? La señal de Satanás, la señal de Caín, es la soberbia, el orgullo. Fíjense en el contraste. Los creyentes en cambio, se mantienen en el amor, eso es, en unidad y mutua edificación.

Los que promueven la separación secundaria no son reformados, niegan uno de los 5 puntos históricos, la depravación total. Por él, decimos que cada y toda parte de nosotros está contaminada de pecado. Yo como presbiteriano puedo decir por un lado que estoy totalmente convencido de la doctrina que tengo, y mi conciencia está cautiva a lo que creo. Pero por otro digo que mi doctrina no puede ser perfecta en todos los puntos, por tanto, no puedo rechazar a otros que creen en Cristo pero tienen convicciones teológicas diferentes.

Dejar de practicar la unidad por diferencias teológicas leves, implica que yo estoy seguro que no tengo error y el otro sí, y es tan grave que no es mi hermano, no es cristiano verdadero. En
la práctica, no vivo bajo la convicción de la depravación total.

Más grave aún. El que practica y promueve la “separación secundaria”, está acusando a aquel del que se separa, que no es creyente. Y si eso es falso, si aquellos de quienes se separaron realmente creyentes, entonces los separatistas están destrozando la unidad del cuerpo de Cristo.

Pablo, al hablar de los judaizantes que pretendían traer enseñanzas que fragmentaban la iglesia de creyentes verdaderos enseñando que además de la fe había que hacer otras cosas, sumando estándares no permitidos, decía que sería preferible que los tales se castraran, antes de promover tal cosa (la circuncisión en ese caso). Es decir, que se corten ellos, en lugar de cortar el cuerpo de Cristo.

Otra cosa. Toda agrupación que proclame que ellos son los únicos verdaderos y puros son siempre sectas. Son los sectarios que colocan todo el énfasis de sus enseñanzas en lo que los distingue y los divide de los demás. Así, vuelven sectarios a sus seguidores, cegándoles y mostrándose como únicos caudillos, verdaderos profetas de Dios. Piense en los unitarios, o los testigos de Jehová, o los mesiánicos. Todos tienen la misma característica, se declaran los únicos verdaderos, y solo enseñan sus distinciones.

Por último, esos de la “separación secundaria” son unos ladrones, unos lobos que perturban el rebaño. Ellos no están en la calle predicando a Cristo, procurando la salvación de almas, cumpliendo la gran comisión. En lugar de eso, están visitando iglesias, llamando creyentes, inyectando su ponzoñosa enseñanza entre sus contactos cristianos por redes sociales, procurando sacarles de sus congregaciones para la de ellos. Edifican sus iglesias sobre el fundamento ajeno de quienes sí están predicando el evangelio.

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