Recuerdo muy bien el gozo de mi familia cuando por la gracia de Dios se me concedió el título de Ingeniero Electrónico. No era el mayor entre los primos; de hecho, éramos muchos, pero había sido el primero en graduarse como profesional. Obtener un grado profesional en Colombia para muchos es una realización maravillosa. En medio de conversaciones en la ciudad se escucha la profunda frustración de aquellos que no lograron terminar una carrera, así como la gran admiración que se tiene por haber concluido hasta su fin los estudios universitarios.

Ahora, la brecha cada vez es más amplia: no solo hay inconformidad con cumplir con un título profesional; hay que apuntar a una especialización, una maestría, y en el mejor de los casos, hasta un doctorado. Si eres doctor, entonces has llegado a la meta. Por otra parte, hay quienes ven su mundo muy pequeño porque a duras penas llegaron a cumplir como bachiller, y eso. De manera que el llegar a ser doctor lo es todo, pero ni siquiera terminar la secundaria, no es nada.

Normalmente se pregunta en un diálogo común: “¿Y qué está estudiando tu hijo?” “¿Qué fue lo que estudió tu hija?” “¿Cuál es la profesión de tu amigo?”, todo apuntando a la academia. El contestar afirmativa y orgullosamente es toda una realización, pero cuando la respuesta no es la mejor, no faltan las caras de desaprobación. Bogotá es una ciudad muy importante académicamente porque concentra las mejores universidades del país. Se encuentra todo tipo de programas, instituciones y contenidos. Muchos son los que vienen de otras ciudades para venir y capacitarse profesionalmente. Así que, no solo hay muchas culturas, sino también mucho tipo de personas. Pero el objetivo es el mismo: llegar a ser profesional, el objetivo supremo.

Y claro, tras la profesión, un trabajo. Qué mejor que ser un ingeniero especializado, o un gerente, o un alto magistrado. Aun entre las profesiones es notable la segregación y la diferenciación del concepto laboral: “Ser presidente de una compañía, ¡Wow! Pero ser un auxiliar de contaduría, ¡nada que ver!” (como diríamos los jóvenes). ¿Cuánto más será el distanciamiento entre un gerente de un banco y un maestro de obra? Muchos de los obreros en construcción a duras penas terminaron la primaria. Esta diferencia de capacitación viene definida por una serie de variables que a lo largo de la vida son volubles (recursos económicos, capacidad intelectual, crianza, responsabilidad, carácter, decisiones personales, entre muchas otras). Y tras la diferencia, la aprobación o el rechazo.

Esta filosofía discriminatoria se ha infiltrado en la iglesia cristiana de una forma sutil y tenue. Al leer este artículo, podrías afirmar que no es así, que la iglesia es un lugar apto para toda clase de personas, sin importar la condición social o preparación intelectual. Pero si te pregunto, qué es mejor, ¿ser pastor o ser barrendero? ¿Qué responderías? Recuerdo graciosamente cómo mi amada suegra quería que su hija menor se casara con un pastor, porque eso traería una enorme bendición, y ¡qué mejor que servir al Señor! Curiosamente mi esposa no quería, pero providencialmente por Dios terminó casada con uno, conmigo.

Y hoy para mucho de cristianismo latinoamericano y que veo reflejado en mi ciudad, ser pastor es una honra, pero ser barrendero, ¡olvídense! Hay congregaciones que buscan de una manera persuasiva y hasta insistente que todos los hombres sean pastores. “¡Dios tiene cosas maravillosas para ti!”, pensando ser usado por Dios para la obra del ministerio evangélico. Como que el gran logro cristiano es llegar a ser pastor. Ser como Abraham, ser como David, ser como Pedro, ser como Pablo, esa es la consigna hoy. De forma que no llegar a ser pastor no es tan importante como serlo.
Varias cosas surgen de esta problemática y que la Palabra de Dios resuelve abierta y claramente:

  1. No todos los varones de una iglesia han sido llamados a ser pastores. Tanto en Romanos 12, como en 1 Corintios 12, el Señor revela que el Espíritu Santo da dones espirituales como a Él le place. Es Dios quien determina qué dones ha de ministrar cada miembro del Cuerpo de Cristo. En Efesios 4 el Señor nos deja ver que ha constituido hombres que enseñan al pueblo de Dios y capacitan a la iglesia para que sean todos los creyentes quienes hagan la obra del ministerio, y no necesariamente con el título de pastor.
  2. No todos los hombres de una iglesia pueden ser pastores. Es lamentable ver cómo se multiplican las iglesias en Bogotá cuando son establecidas por hombres que dicen tener conocimiento bíblico, pero no el carácter pastoral que se requiere. Un pastor no es alguien que sepa algo o mucho de Biblia; según 1 Timoteo 3 el pastor debe conocer las Escrituras, así como vivir la Palabra de Dios reflejando integridad e irreprensibilidad tanto para con los creyentes, como para los incrédulos.
  3. Los pastores no solo enseñan Biblia, sino que cuidan almas. Que sencilla profesión sería el dar mansajes acerca de la Biblia. Pero Hebreos 13:7 dice: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no es provechoso.” No se trata de reunir un grupo de personas y enseñarles la Biblia; se trata de conducir almas al cielo, librándolas del infierno y persuadiéndolas a creer en el Evangelio, orando por ellas, enseñándoles a Cristo y mostrándoles a Cristo.
  4. El pastorado no es la realización profesional del creyente. Erróneamente se ha concebido la idea de que el pastor tiene un grado de santidad mayor, un nivel espiritual superior, una altura de piedad óptima y un estado de bendición privilegiado. La santidad, la piedad, la justicia, la bendición vienen determinadas por Jesucristo. Es decir, el creyente es santo, justo y bendito, porque Cristo lo es. El pastor no es más santo por ser pastor. Tenemos santidad, justicia y bendición por la sola suficiente obra de Cristo, quien es El Santo, el Justo, el Bendito. Tampoco el pastor es un grado profesional espiritual. A todos los creyentes se nos ha llamado a ser como Cristo y no a alcanzar un título religioso preeminente. Ciertamente el pastor tiene una gran responsabilidad espiritual, no solo como ministro, sino también como creyente (Hebreos 13:7). Pero en ningún modo el pastorado es la cumbre, el clímax de la calidad espiritual.
  5. El pastorado no es una profesión. Las distintas áreas del conocimiento tienen profesionales y ellos buscan ser remunerados por sus labores. Hay horarios por cumplir y metas por lograr. En una profesión, el mejor estudiante es el más capacitado y el mejor trabajador es el más admirado y reconocido. Pero Dios no ha instituido profesionales y celebridades, ha llamado a siervos que, son capacitados por Él, pagos por Él, que tienen un sustento por Él, que tienen el horario que Él determine, no los hombres. Solo Dios sustenta a aquellos que han sido llamados para que se dediquen de vocación a la oración y explicar la palabra fielmente. No importa el horario, no importa el lugar, el pastor está decidido a orar por su grey y a enseñar con pasión a Jesucristo.
  6. Dios galardona a todo aquel que lo imita y refleja. Como pastor, creo que tengo la mejor vocación del mundo. Pero Dios no me aprobará por eso. Él dará su visto bueno a todo aquel que creyó en Cristo, imitó a Cristo y proyectó a Cristo. Si como pastor creí y viví a Cristo, ¡gloria a Dios! Si como barrendero creí y viví a Cristo, ¡gloria a Dios! El galardón es claro en la Biblia: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.” (Mateo 25:21). El siervo no es el pastor, ni el que sirve en la iglesia, o es líder de ministerio. El siervo de Cristo es aquel que ha tomado Su cruz para seguirlo y reflejar Su gloria sea cual sea el lugar, la hora, la profesión, la condición social, el nivel intelectual.

Así que, qué es mejor, ¿ser pastor o ser barrendero? No importa, con tal que creas en Cristo y existas para Su gloria. Es mejor casarse con un barrendero piadoso en Cristo, que casarse con un pastor que tiene apariencia de piedad, porque ser pastor no es nada; ser de Cristo y mostrar a Cristo lo es todo.

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gálatas 2:20).

“Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; 6en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible. Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, 11si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.” (Filipenses 3:4-11).

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