Al detenernos a pensar sobre las características que debe tener una persona para ser considerada como “exitosa” en este tiempo, podríamos enumerar aspectos relacionados con su reconocido prestigio en algún área del conocimiento, las artes, la política, las ciencias o el deporte, o quizás su extraordinaria habilidad para persuadir a otros con su carisma. Otros llegan a pensar que una persona exitosa es aquella que tiene la capacidad de concebir sus ideas o invenciones y difundirlas en forma global, logrando amasar una fortuna que le asegura la capacidad de disfrutar a sus anchas de los más excéntricos y ostentosos placeres.

Esta perspectiva del éxito encuentra amplia aceptación en las diversas esferas de nuestra sociedad y los círculos intelectuales o políticos, que con el respaldo de los diversos medios de comunicación, se han encargado de implantar reiteradamente en el pensamiento y el corazón de su audiencia, la premisa de que solo las celebridades que figuren en los estandartes de la fama son dignas de reconocimiento (aunque se trate de delincuentes), mientras que los ciudadanos comunes y corrientes son prácticamente inexistentes, pues solo son tenidos en cuenta cuando son usados y manipulados para engrosar el rating o las estadísticas.

Lastimosamente, la juventud actual se ve avocada a imitar a los íconos de la música, el cine, o los “héroes” de la internet, quienes son capaces de construir una aparente felicidad y éxito por cuenta de un deliberado uso de su imagen en las redes sociales; aunque muchos en el fondo se estén desmoronando por el tedio, la insatisfacción, la frustración y el vacío espiritual que los derrumba y carcome lentamente hasta la agonía, aunque detrás de bambalinas disfrazan su verdadero estado de postración y quiebra espiritual con una bien diseñada sonrisa.

Frente a este panorama perfumado y desolador, la Biblia nos presenta una perspectiva muy diferente del éxito, el cual no se limita a satisfacer los instintos más bajos y decadentes del corazón humano destinado a la perversión (Jeremías 17:9); sino que traspasa las fronteras de la muerte, pues trasciende y se proyecta más allá del sol.

Precisamente el Apóstol Pablo al despedirse de su discípulo Timoteo en su segunda y última carta, expresa los sentimientos de un hombre privado de la libertad (2 Timoteo 2:9) que, aunque se encuentra prácticamente condenado a muerte y ha sido abandonado por sus amigos (2 Timoteo 1:15; 4:10), lo que implica que no gozaba de mucha popularidad, es capaz de sentirse satisfecho y gozoso por la obra realizada, con las siguientes palabras:

“Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.” 2 Timoteo 4:6-8

Ante esta afirmación, podríamos preguntarnos, ¿Qué es lo que hace que este hombre anciano no se sienta frustrado y avergonzado por su situación?; ¿Cómo es que el epílogo de su vida no es un lamento sarcástico y descolorido de su desafortunada condición? La respuesta la encontramos en el versículo 7, y no es otra que su fidelidad hasta la muerte. En otras palabras, Pablo a estas alturas no se siente satisfecho por su sabiduría (1 Corintios 2:4), su capacidad de haber predicado el evangelio en todo el mundo conocido (Romanos 15:28) o sus experiencias espirituales (2 Corintios 12:2), sino en poder terminar sus días con la cabeza en alto delante de Dios.

Cuantos de nosotros nos vemos atraídos por la popularidad, la necesidad de ser aceptados por personas a las que ni siquiera conocemos, el reconocimiento de un mundo decadente y utilitarista o el aplauso virtual de los consumidores de información; sin embargo, si esta es la esperanza de alcanzar el éxito, es tiempo de admitir que todo ello no es sino una neblina que desaparecerá pronto (Santiago 4:14), porque tarde o temprano revelará nuestra verdadera condición efímera y vacía que solo puede estar verdaderamente satisfecha y gozosa delante de Dios.

En otras palabras, nadie podrá ser exitoso hasta que no pueda enfrentar la muerte con la esperanza segura de ser recibido y abrazado por el autor de la vida (Mateo 25:21), y recibir una corona de justicia, descansando en la satisfacción de haber librado batallas contra el pecado, el sufrimiento y las dificultades por el evangelio, sin haber abierto nuestra boca para renegar y quejarse delante de nuestro Salvador.

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