No sé si haya otro libro con más historia que la Biblia, y no lo digo por el contenido, sino por lo que como libro ha podido experimentar. Las estadísticas son variadas, pero por lo pronto ellas colocan a la Biblia como el libro más vendido, más traducido, más leído; casi en cualquier casa del mundo occidental hay una. Pero también se puede adjuntar que la Biblia es el texto más admirado como odiado, más polemizado como certificado, más recibido como rechazado, más atacado como defendido, más conocido como ignorado. La Biblia quizá tiene toda una gama de matices de aprobación y desaprobación como ningún otro texto a lo largo de la historia del mundo.

¿Por qué la Biblia se ve envuelta en semejante inventario histórico?

Creo que la razón principal por la que la Biblia se coloca en tal situación es porque nosotros los seres humanos hemos deseado que la Biblia se trate de nosotros. Es decir, que el hombre a lo largo del tiempo ha tomado a la Biblia como un texto centrado en él. Voy a proponer un ejemplo de ello para comprobar si es verdad lo que digo o no: si nos encontramos en una dificultad particular (propongo, una profunda tristeza por una discusión con el cónyuge), y somos lectores de la Biblia, vamos a querer ir a un texto que nos reconforte y anime en tal caso. Iremos a la Biblia con el ánimo de que nuestra tristeza ya no tenga lugar y experimentemos un estado de satisfacción y paz. Leeremos el texto que nos saque de ese estado de congoja que no queremos padecer.

Si bien la Biblia puede dar consuelo, el acercarnos de esa manera a este libro es centrarlo en nosotros. El ir en búsqueda de ese alivio que nos urge, es tomar la Biblia y hacerla nuestro paño de lágrimas. Así que, antes de tomar la Biblia como un calmante para la tristeza, debemos preguntarnos y, de hecho, deberíamos preguntarnos esto pensando en cualquier libro: ¿quién escribió el libro? ¿de qué se trata? ¿cuál es su propósito? Cuando las respuestas a estas preguntas son legítimas entonces se conserva la originalidad y la intención propia por la cual se escribió un libro para no alterarlo y pueda transmitir lo que realmente quiere transmitir.

Hay dos formas de leer un libro: acercándonos a él desde el ángulo nuestro, es decir, imprimiendo intencional o sin intención nuestros pensamientos, tradiciones, dogmas y prejuicios a medida que leemos; o, leyendo el texto dejando que sea él mismo (el libro) quien de sus (el libro) ideas, proponga sus (el libro) argumentos y desarrolle su (el libro) propósito. Si tomamos un libro desde nuestra óptica surgirán todo tipo de apreciaciones, análisis, opiniones y conclusiones, como sucede en especial con la Biblia. Pero si leemos un texto desde la perspectiva propia del texto, considerando la mente del autor, pensando en su intención original, solo habrá una opinión, un análisis, una conclusión, porque el libro fue desarrollado bajo un ambiente unitario en donde el autor es uno, o que, cuando son varios autores, el propósito es uno.

De manera que, ¿quién escribió la Biblia? ¿de qué se trata? ¿cuál es su propósito?

La escribió Dios (Salmo 19:7-9; Salmo 119:1-176; 2 Timoteo 3:16; 2 Pedro 1:20, 21), se trata de Dios (Génesis 1:1; Isaías 55:3-11; Juan 5:39-47) y su propósito es Dios (Deuteronomio 5:6-16; 6:4-25; 1 Crónicas 29:10-18; Juan 1:1-18; Romanos 1:18-25; 1 Corintios 10:31; Filipenses 1:9-11; Apocalipsis 1:8; 22:13).

Entonces, a la luz de la Biblia, Su Autor, su contenido y su propósito, ¿hace relevante este texto? Para muchos lo es, para otros no. Pero al ver el creciente escepticismo en Bogotá y el deficiente cristianismo de hoy, la Biblia está pasando a ser un libro más, un libro cualquiera, un libro que al que le sirva, bien puede leerlo. Cuando la Biblia pasa de estar centrada en Dios a estar centrada en el hombre, se vuelve un texto plenamente subjetivo y cada ser humano va a querer hacer uso de ella como quiera. Por cada hombre y mujer en la tierra hay una mente; de forma que hay miles de millones de pensamientos distintos. Y si con esa variedad ideológica la humanidad se acerca a la Biblia, será un libro irrelevante porque pasa a ser un libro a la carta: al gusto del consumidor, y los consumidores son millones.

La Biblia no se trata de tu y yo, se trata de Dios. Él es el Autor, Él imprimió Su pensamiento, Él estableció Su propósito allí. La Biblia es lo que es: La Palabra de Dios.

Hoy veo personas y las escucho hablar de la Biblia, de cómo la aman porque les dio un consejo útil para mejorar sus finanzas; de cómo la odian porque provee una visión machista del género humano; de cómo la creen porque experimentaron un milagro; de cómo la rechazan porque acusa su egoísmo; de cómo la leen porque algunos le piden que la lean; de cómo no se acercan a ella porque no la entienden; de cómo la admiran porque es una obra literaria extraordinaria; de cómo la cuestionan porque al parecer tiene innumerables contradicciones; de cómo la abrazan porque traerá bendición a sus vidas; de cómo la ignoran porque anula sus ideas; de cómo la defienden porque es la Palabra de Dios; de cómo la atacan porque es la Palabra de Dios.

Todas estas formas de ver la Biblia son plenamente subjetivas. La Biblia no se trata de tu y yo, se trata de Dios. Él es el Autor, Él imprimió Su pensamiento, Él estableció Su propósito allí. La Biblia es lo que es: La Palabra de Dios. Cuando se usa la palabra “de”, en este contexto establece la idea de posesión. Pero no solo de posesión, sino también de contenido. Es entonces la Biblia la Palabra de Dios (Su propiedad, Su autoría), y es la Palabra de Dios (se trata de Él, pensando en Él). ¿Por qué como seres humanos entonces nos apropiamos de algo que no es nuestro? ¿Por qué pensamos de algo que ni siquiera nosotros escribimos, desarrollamos y concluimos?

Hoy en día existen numerosas obras literarias y las críticas sobreabundan. La mayoría de las opiniones surgen por la subjetividad con que son leídas. Si la Biblia es un libro que tiene siglos de ser escrita y de ser leída, ¿qué se puede esperar? Además, el Autor de la Biblia es aborrecido por nosotros los hombres, ¿cuánto más su desaprobación? Ahora, no soy yo quien dice que aborrecemos a Dios; es la misma Biblia la que lo dice. En Génesis se lee, que Dios creó todo perfectamente y creó una criatura como ninguna otra, porque la creó a Su imagen: el hombre (varón y mujer). El hombre sería entonces imagen de Dios en la tierra. Pero trágicamente el ser humano decidió tomar una actitud de rebeldía y de desprecio hacia su Creador. Pasan los años, los siglos y milenios comprobando lo que dice el apóstol Pablo en Romanos 3:10-12: “…no hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.”

El día que dejemos este mundo, Dios seguirá siendo Dios, y Su Libro seguirá siendo El Libro, porque Él es el Autor, se trata de Él y su propósito es Él. Dejemos entonces que la Biblia tenga la relevancia que tiene porque es la Palabra de Dios.

Ante este panorama, Dios como Creador se enoja con Su creación y Su ira está sobre el hombre. Somos objeto de la ira de Dios, somos blanco de destrucción. No obstante, viendo la incapacidad del hombre para buscarlo, Dios mismo, por iniciativa propia, ante la negativa y el desprecio humano, decide buscar la reconciliación. Así que se hace hombre, vive como hombre y muere como hombre, para que nosotros los hombres volviéramos a tener afectos hacia Él. Pero este Dios hecho hombre, no quedó allí en un sepulcro, resucitó, para que quienes crean en Él tengan una visión objetiva del Creador, una óptica impersonal del Autor de la vida, una perspectiva divina de Aquel que es sobre todas las cosas. En otras palabras, Jesucristo vino, murió y resucitó para hacer hijos de Dios que se acerquen a Su Palabra para creer y creerle a Él, mirarlo a Él, desearlo a Él, conocerlo a Él, pensar como Él, humillarse como Él, vivir como Él. Jesucristo murió y resucitó para salvar al hombre de la inevitable ira de Dios y transformar corazones que vean a la Biblia centrada en Dios y no en la humanidad. Si bien las implicaciones y beneficios son amplios para nosotros por la obra de Dios, la Biblia tiene como centro a Su Autor, Su mente y Sus objetivos.

La Biblia seguirá siendo irrelevante para una humanidad pluralizada en pensamiento, objetivos, problemas, percepciones, filosofías, dogmas, experiencias. Pero la Biblia ha sido relevante, es relevante y seguirá siendo relevante porque es la Palabra de Dios, que vive y permanece para siempre (Isaías 40:8; 1 Pedro 1:23). Nuestros días acabarán en la tierra. Llegará un día en que cerraremos los ojos en este mundo. Pasarán los años y el día de nuestra defunción será cierto. No obstante, el día que dejemos este mundo, Dios seguirá siendo Dios, y Su Libro seguirá siendo El Libro, porque Él es el Autor, se trata de Él y su propósito es Él.

Dejemos entonces que la Biblia tenga la relevancia que tiene porque es la Palabra DE Dios.

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