Pablo le dice a Timoteo que el amor al dinero es la raíz de todos los males. (1 Tim 6:10). La razón es que el dinero promete dar lo que el hombre más necesita: ser importante. El dinero promete comprar lo que el hombre desea y supuestamente necesita. El dinero trae aparente seguridad. El dinero da acceso al placer que el hombre quiera. Pareciera entonces que el dinero trae la felicidad y la realización. Por eso el hombre del mundo vive para el dinero.

El hijo de Dios reconoce la mentira del dinero. Ya no vive para él, sino para aquel quien lo creó y lo compró con sangre. Un creyente verdadero ama a Cristo y encuentra en Jesús su mayor tesoro, la fuente de su satisfacción, su plenitud, su seguridad y su riqueza.

Un excelente método de contraste para encontrar a un verdadero creyente, o al menos a uno maduro, es la forma como ve y administra el dinero. Primero, para proveer y proteger a su familia. Y luego, para invertir en el Reino de los Cielos. No es su dinero, es de Dios. Lo usa de la manera que Dios le dice, y lo usa para las cosas que Dios le manda.

Por eso Jesucristo habló mucho del dinero. Enseñó que un creyente es aquel que vende todo lo que tiene (bienes materiales) para “comprar” el gran tesoro del Reino de los Cielos. Del samaritano que invirtió en el asaltado. De lo difícil que es para un rico entrar en el Reino. De lo aberrante que es no cuidar de los padres ancianos con la excusa de dar para edificación del tempo. En fin, muchísimas veces enseñó del dinero. En últimas, enseñó que debemos ser como el mayordomo que perdona la deuda de muchos cuando sabe que va a ser despedido, para así ganar el favor de muchos. Nosotros somos esos mayordomos, nada es nuestro.

Y no solo lo que quedó registrado de su boca. También lo que demuestran muchos de los personajes alrededor de su ministerio, para concluir que aquel que dejaba de amar el dinero, llegaba a ser instrumento de Jesucristo por medio del uso de este para la gloria de Dios y la extensión del reino. Eso lo podemos ver en el caso de Zaqueo o la anciana pobre que puso todo lo que tenía; la mujer pecadora y Marta, que derramaron perfumes muy costosos para ungir a Jesús; el centurión romano que tanto bien había hecho a los judíos; los apóstoles, que dejándolo todo, incluso puestos muy bien pagos siguieron a Jesús; los primeros creyentes que vendían muchos de sus bienes y los traían a la iglesia; o Dorcas y Cornelio, que tenían amplios ministerios de misericordia siendo pudientes.

También habló claramente de aquellos que por amor al dinero no entraron en el Reino, como el Rico que no pudo vender lo que tenía y seguir a Jesús, el rico que no tuvo misericordia de Lázaro, el que prosperó mucho y planeó construir graneros más grandes para enriquecerse más. Y por último de Judas Iscariote.

La conclusión es que aquel que ama el dinero no puede servir a Cristo, al contrario, termina traicionándolo, vendiéndolo por causa de hacerse rico.

Aplica este método de contraste a tu vida. ¿Qué es lo que más ardientemente deseas? ¿Qué es eso que sueñas despierto que vas a lograr? ¿En qué te ve tu familia invertir el dinero?

Alguien alguna vez dijo: invertir en este mundo es como invertir comprando acciones de una empresa que inexorablemente va a la quiebra. Invertir en el Reino de los Cielos es como invertir en acciones de una empresa que inexorablemente se valorizará al mil por uno.

Muchas de nuestras iglesias no pueden pagar pastores, no pueden pagar misioneros que vayan a iniciar nuevas iglesias. No pueden pagar un lugar donde reunirse. No pueden ejercer la misericordia con la viuda, el huérfano, el desplazado, el menesteroso, es decir, no puede mostrar el amor y cuidado Cristo en la sociedad. Y en todo esto, ¿cuánta es tu responsabilidad? Si es necesario, arrepiéntete, y en Cristo, invierte en lo mejor, el Reino.

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